Página #2: 2025: Un año de crisis de identidad

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Un año que me movió profundamente, tanto en lo personal como en lo profesional. Ese año seguí trabajando con la empresa Delarco como freelance. Hacía un año había terminado mi contrato laboral y decidí ser vendedora independiente, pero curiosamente aún dependiente de esa misma empresa. Hoy lo veo con claridad: fue el inicio de un gran salto cuántico en mi vida. Cada decisión, aunque en su momento no lo pareciera, me estaba preparando para lo que venía.

Cambiar de lugar, cambiar de piel

Empecé 2025 con cambios significativos. Me mudé de ciudad, una decisión que tomé en noviembre de 2024, ejecuté en diciembre de ese mismo año, y en enero ya estaba iniciando mi vida en otro lugar. Me mudé al campo. Desde hacía mucho mi alma me pedía ese cambio; venía de años atrapada en una ciudad y en cuatro metros cuadrados que me estaban asfixiando.

Iniciar de nuevo se sintió como un retroceso. Entré en crisis existencial: ¿quién soy?, ¿por qué me siento así?, ¿he fracasado? Muchas preguntas llegaron a mi mente y, en ese momento, aún sin respuestas, solo seguí respirando.

Mi vida emocional también cambió. Llegó una persona inimaginable que me hizo reflexionar sobre lo verdaderamente importante en la vida. Mi ritmo acelerado de la gran ciudad empezó a bajar. Poco a poco, más presente y más conectada conmigo misma.

La zona cómoda: un letargo disfrazado de estabilidad

En lo laboral seguí vendiendo. Estaba en zona cómoda: vendo, me pagan y ya. No tenía mayores retos ni crecimiento. Siento que esa zona cómoda nos lleva a un estado de mediocridad que nos hace conformarnos, no querer más de la vida. Es un estado de letargo prolongado, un adormecimiento sin tiempo de despertar.

El empujón que no pedí, pero necesitaba

Avanzaban los meses y las ventas bajaron. Eso trajo momentos financieros complejos, tanto a nivel personal como para la misma empresa. De ese tiempo llegaron decisiones — decisiones que yo no tomé, pero que sí sacudieron mi comodidad.

Primero, el cierre de la empresa principal. En un inicio iba a seguir trabajando con uno de los socios bajo su otra razón social. Hice cambios de clientes para la nueva estructura, nuevos procesos, nuevos acuerdos comerciales. Un mes y medio después me dicen: «También voy a cerrar esta empresa». Y yo quedé en el aire. Ya no tenía una red de seguridad de la cual depender.

Ese momento me movió todo el mundo. ¿Ahora qué hago? La opción de salir a buscar otro empleo ya no estaba en mi mente. Solo quedaba lanzarme al vacío y tomar las decisiones de mi propia vida. Ya no podía seguir dependiendo de las decisiones de alguien más.

Decidí emprender

Decidí crear mi propia empresa. La decisión ya estaba tomada, así que me puse a construir: plan de negocios, identidad de marca, nombre, logo, colores, por qué detrás del emprendimiento, los valores que guiarían la empresa y su constitución legal. En otro momento escribiré sobre ese proceso de identidad y constitución; aquí quiero hablar de algo más profundo.

La crisis de identidad — la mía y la de mis clientes

Cuando empecé a contactar clientes para contarles del cambio y presentarles mi propia empresa, al inicio fue confuso. Un cliente me dijo: «¿A quién le pago? Ya no sé a cuál de todas las empresas le envío la orden de compra. ¡Qué enredo!». Eso me sacudió, pero no solo por la confusión logística. Me sacudió porque era un espejo de lo que yo misma venía viviendo.

Porque la verdad es que esa crisis de identidad no empezó con el cierre de Delarco. Venía de mucho antes. Durante años construí mi identidad desde afuera: soy vendedora, soy profesional, soy una mujer de ciudad que ha estudiado. Cada etiqueta me daba un lugar en el mundo, una forma de explicarme ante los demás y, sobre todo, ante mí misma.

Volver al campo, al lugar donde nací, fue uno de los momentos más confrontadores. Sentí que estaba fracasando. Porque en mi cabeza, volver significaba retroceder. Significaba que no había construido nada. Quitarme la etiqueta de «mujer de ciudad, preparada, exitosa» y regresar a un entorno que yo había dejado atrás me generó una crisis profunda. No era un problema de geografía; era un problema de identidad. Si ya no soy esa mujer de ciudad, ¿entonces quién soy?

Y en lo profesional ocurrió exactamente lo mismo. Durante años fui «Brenda de Delarco». Así me conocían, así me presentaban, así me buscaban. Mi nombre siempre iba pegado al de una empresa que no era mía. Cuando esa empresa cerró y luego cerró la siguiente, la confusión de mis clientes no era solo comercial: reflejaba la misma pregunta que yo me hacía en silencio. ¿Quién es Brenda sin Delarco? ¿Quién soy sin esa etiqueta?

Lo curioso es que mis clientes, sin saberlo, me dieron la respuesta. Porque cuando todo cambió, a quien seguían buscando era a mí. «Brenda, la chica de los DPS. Brenda, la de la protección eléctrica.» No preguntaban por Delarco. Preguntaban por mí. La confianza no estaba depositada en una razón social; estaba depositada en una persona.

Ahí entendí algo fundamental: mi identidad nunca estuvo en las etiquetas que me puse ni en las empresas a las que me asocié. Estaba en lo que sé hacer, en cómo lo hago, en la relación que construyo con cada cliente. El problema no era que hubiera perdido mi identidad. El problema era que nunca la había buscado en el lugar correcto.

2025 fue el año en que todo se rompió para que pudiera reconstruirme. No desde el título, no desde la ciudad donde vivo, no desde el nombre de una empresa ajena. Desde mí. Eso es ZOENERGY: no solo una empresa con nombre propio, sino el reflejo de una mujer que por fin decidió tener nombre propio también.

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